Pero cada hombre mata lo que ama, que todos lo escuchen, por favor: unos con mirada amarga, otros con halagador tenor, el cobarde lo hace con un beso, el valiente, con su espada, sin temor.
Oscar Wilde, Balada de la cárcel de Reading
Si no se puede avanzar volando, bueno es progresar cojeando.
Rückert, Makaman de Hariri citado por Freud,
en: Más allá del Principio del Placer,
La Muerte. La Institución. La corriente “natural” de todo sistema institucional es llegar a la Necrópolis. Eso es la máxima entropía.
Cada uno, atrapado en esa pegajosa diafanidad, se convierte en fantasma y lleva su título, o su emblema, como un epitafio. La organización de la Muerte muerta: jerarquía monumental, columbarium, guardianes, cenizas ocultas. El escándalo es la Muerte, cuando llega aún bien viva, palpitante de la carne que se detiene, toda abierta hacia un infinito que horroriza a los necróforos. Se trata de no romper las líneas, de no alterar el programa. Duelo forcluido, cargado de asesinatos anónimos, de lémures que gesticulan, de perros jóvenes ladrando. Indiferencia, anonimato, intercambiabilidad, grisura; estereotipia de gestos, de palabras, de instituciones; monotonía que hay que levantar con alguna payasada; o bien esperar, de nuevo, a Cristo, para matarlo otra vez y que el Duelo se cumpla.
Siempre existe esa tentación de la pareja Creonte-Antígona. La carroña, el polvo para cubrirla, el milagro defensivo de la belleza. Y la cuerda que rompe la dialéctica. La Muerte es corte, accidente; jamás prevista, siempre de más. ¿Cómo puede un conjunto institucional tratar lo que está de más? ¿No es acaso ese exceso lo que, afortunadamente, lo carcome, desmoronando la piedra, deshojando las páginas, preservando esa luz salvadora de la precariedad? El respeto por las cosas “precarias”: los gestos, las miradas, las formas de ser, la marca de los pasos, el chirrido de una puerta, las hojas que vuelan, la lluvia, el sol: lo inútil en toda su trascendencia. Eso es la “pulsión de muerte”, Todestrieb, Muerte no forcluida que rige la vida, y la cotidianidad, y la gracia de los rostros. A partir de eso puede construirse un mundo que no sea un cementerio. El trabajo colectivo del Duelo no es más que una justa apreciación de las cosas, una puesta en marcha permanente de lo que se dispersa en una penumbra iluminadora, una recolección de un rompecabezas en la playa del olvido; el olvido, masa compacta, con la que debemos armonizarnos para que se escriba un texto indescifrable, círculos que se entrelazan donde el significante emergerá en su función de semblante. El trabajo del Duelo es un trabajo de escritura lejana, de inmemorialización de un texto, de infinitización de un enigma, de preservación de la libertad. Eso da espesor, textura a un Colectivo. Eso da que pensar. No profundidad, sino superficie con sus pliegues y arborescencias. La infinita complejidad de la vida. Y luego, eso nos vuelve modestos. No es que nos dé escalofríos, sino que toda grandilocuencia se derrumba con un ruido de chatarra. Es muy útil en este mundo de baratijas, de artilugios y de paranoicos artificiales. Tánatos no se opone a Eros, sino que le impide envilecerse en artículos de bazar. Por eso, la “desintrincación de los instintos” es una gran desgracia para un conjunto institucional: ya nada funciona, todo se desliza, se roza, se cosquillea en un aburrimiento monótono y estereotipado.
En una vida comunitaria, cuando la Muerte llega, es una imagen la que desaparece; es mi semejante el que se dispersa en mil facetas, dejando al desnudo a ese Otro inaccesible, aquel que siempre he rodeado sin saberlo, el “fuera del tiempo”, lo oscuro y la luz; la Cosa más singular, la que me hace signo en su singularidad absoluta. Todo colectivo que vive está empedrado de “Otros” de esta clase. Eso da una cierta calidez, una disposición de espíritu, una verdad de las cosas que se tocan, un aire “fundamental”.
Este andar incierto, en el silencio, cuando todo parece superado... “¡Todo!” El “semblante” que siempre aparece demasiado tarde. Zona neurotizante de una búsqueda encarnada de lo real, que corre el riesgo —¿en cada encrucijada? — de confundirse con la atracción de la Muerte. Descentramiento cada vez que el pie se posa sobre el suelo de la psicosis. Campo fracturado donde Nada te acoge. Rostro sin cara del que habla Daumal. Adoquines resbaladizos del Infierno; ángeles impersonales que te miran desde ninguna parte.
¿Qué queda de todo este asunto de la vida cuando el Duelo, pieza por pieza, ha hecho su minucioso trabajo? (¡Es necesario que lo haya hecho para que quede algo!)
Un blanco, algo inasible, una textura, un texto indescifrable, un jirón, un desgarro cuya línea uno se esfuerza en vano por definir (como en la “queriah” judía). O bien un cierto rumor del olvido, una voz, una mirada; algo que estaba allí, escrito desde siempre: lekton. Lo expresable en su materialidad. Ese es el objeto del trabajo del Duelo. Y es ahí donde uno se encuentra con el “trabajo” de la psicosis. Es ahí donde estamos invitados, si queremos acercarnos a la orilla de la “locura” (¿locura para quién?). La “Rosa” del Roman de la Rose; o el Grial; o la Cosa (das Ding). Diferentes etapas que nos indican una cierta permanencia: mantenerse en la valentía del Blanco. Trabajar la blancura, tan querida por Braque, o la monocromía de Dubuffet; antes de abordar — ¿más tarde? — el milagro del color.
Antes de cualquier “reflexión”, poder sostenerse en ese espacio del narcisismo originario (pre-especular). Freud dice claramente que el Duelo no es únicamente la muerte de alguien, sino “pérdida del objeto”, pérdida de un mundo, despertar de una angustia originaria, de un desamparo (Hilflosigkeit); despertar de una miseria vital, de una renuncia necesaria, inscripta en la ineludible represión primordial (Urverdrängung). Ese corte estructural, esa primera escisión, que viene a escandir el dolor del Duelo, es la angustia de castración.
La Muerte es una trascendencia. No un fin sino un término. El Ser-para-la-Muerte está siempre ahí, más allá de lo “horizonteado”, pero también está en el corazón de la presencia. Landsberg lo subraya, a su manera, creyendo corregir la trayectoria heideggeriana. Pero Freud aún más. En el centro del deseo, la destrucción: la Muerte desviada por Eros. La única posibilidad, quizás, de un acceso al inconsciente puro de la representación, por los buenos oficios de un Representante de la representación (Vorstellungsrepräsentanz). Y el Duelo es ese trabajo de ligazón en una asimilación simbólica de trozos dispersos. Pero puede degenerar en un ritual compulsivo cuando las imágenes fallan demasiado rápido y dejan entrever algo inaccesible, un más allá de un horror tragicómico, a través de una trama desgastada por un proceso psicótico, o cuando una disposición de ánimo se presta a un roce demasiado grande con el Real. Es decir, algo se juega entre cuero y carne, en otro espacio, y que puede capturar el comportamiento en una apariencia de estereotipia, sostenida sin embargo por la búsqueda de lo “nuevo”, siempre vana. Wiederholungszwang, compulsión de repetición: es esa atracción hacia un real siempre fallido que, por azar, puede manifestarse en tal o cual actitud. Mecánica sutil que no debe romperse, aunque esté velada por una fantasmagoría instituida; es palpitación del Inconsciente, apertura hacia un porvenir (d+ de Szondi), que dialécticamente se opone al abandono (m-) y a la retención (d-). Es lo que puede guiarnos hacia lo que no puede no aparecer: el objeto, punto de anclaje, mediación, rótula entre el sujeto y el Inconsciente. Es ese más allá del fantasma lo que parece puesto en cuestión por la irrupción de la Muerte. Y es ahí donde se dirige nuestra atención, caminando con prudencia entre Duelo y Melancolía. No se trata de repetir no sé qué tragedia, ni de volver a lugares de horror, ni de reproducir escenas del jardín de Locus Solus. Pero sí de captar la energía de la pura repetición para que se construya el tiempo; el tiempo fuera de la memoria; el más allá de la significación y del sentido. De ahí esos juegos de seducción subjetiva del Absurdo o de la Inanidad, barreras contra las que tropezamos ante la menor falla. Es en la huella de ese camino que, al límite de la fobia, algo que es del orden de la pulsión puede mostrarse: la pulsión por excelencia que es la pulsión de muerte. Este punto extremo de la posibilidad de la inscripción: punto de primera escritura, recopilación de significantes, Wahrnehmungszeichen. Reanudación de una escritura que exige una ascesis, una especie de “muerte a la existencia”, donde nada está inscripto de antemano. La “literalidad” funciona ya a este nivel; desembocando problemáticamente en una especie de Gelassenheit; conjunción del Real, del Simbólico y del Ser sobre una superficie no afieltrada de Imaginario. Superficie energética, superficie de inscripción que exige el asesinato del Otro (el asesinato del Padre); solo dialectizable por el pasaje riemanniano de la función a la superficie, dando “razón” al concepto freudiano de narcisismo originario.
Es esta “razón” a la que estamos constreñidos cuando nos encontramos con un psicótico. Y eso no ocurre sin angustia y sin reacciones de huida, detrás de nuestros muros, nuestros prejuicios, nuestras explicaciones, de las cuales la psicología no es la peor cuando pensamos en las sociologizaciones débiles de los tiempos presentes.
Esto es un problema institucional cotidiano. Cuestionamos, sin saberlo del todo, esa “razón” para organizar estas redes precarias de existencia que hacen que eso deba vivir en ese nivel. Homeostasis necesaria si se quiere establecer algunos jalones en el espacio multitransferencial del psicótico en un Colectivo: poder recuperar la fragilidad del deseo que implosiona, ante la menor carencia, en pulsiones destructivas. Nivel de existencia que es un nivel de vida; no entropía máxima a la Boltzmann sino más bien estructuras disipativas de Prigogine, lejos del punto de equilibrio termodinámico de la muerte, estructuras que se mantienen en la apertura instituida de los sistemas de contratos, de intercambios, de relaciones. Automaton al que somos devueltos cada día en la existencia psicótica; pero que es necesario trabajar para organizar su precariedad. Esas pérdidas repetitivas de objetos, pérdidas que nos causan un duelo constantemente renovado, están ahí para mantenernos en vela, para que nunca podamos responder a esa pregunta tan cercana, enigmática: ¿qué es lo Real?
No se trata aquí de enumerar todo lo que se ha dicho sobre la Muerte. Trabajo megalomaníaco, obsesión monumental. La vacilación de la pluma, del estilete: la huella que se desvanece en el olvido, en lo anónimo. La muerte está ahí en este trabajo de desaparición; el significante, puro material de la diferencia, puro semblante sin significancia. Muerte de la significación, muerte del sentido, muerte del origen. Será más tarde cuando la marca significante sea retomada. Retoma que va a fundar la toma. Bucle del a posteriori, del Nachträglich. Nada estaba allí, en potencial; nada esperaba. Solo “mucho más tarde” se produce una fisura entre lo que se espera (¿lo que se anhela?) y lo que queda, ahí, a la deriva. Es quizás esta insignificancia del límite, de la ruptura, de la hendidura, este ligero terremoto, lo que el esquizofrénico no soporta: se convierte en el simulacro de la Muerte, jugando en ese espacio incierto la máscara de una marca desaparecida. Su aislamiento es la ruptura procesual del estar-con-el-otro (Miteinandersein). El “con”, sombrío, indiferenciado, se descentra, emparejando lo inconciliable.
Esas dislocaciones, esos deslizamientos, esas cosas abruptas amontonadas en el silencio: caos, tinieblas, muerte; esas cosas demasiado llenas de ruidos, esos conglomerados de palabras. El esquizofrénico grita el silencio para nacer en el simulacro: su única oportunidad de supervivencia.
¿Se puede crear lugares que lo acojan?; ¿lugares distintos a la Muerte, a los museos de la Muerte?
¿Cómo vivir “con”? ¿Cómo evitar estos siniestros malentendidos donde, por buena conciencia de “animación”, solo se producen Arlequinadas; bajo el pretexto del sexo, del buen sexo, se fomenta una gigantesca perversión colectiva? El placer se convierte en el camino real, multicolor, de la muerte. Arlequín, o la muerte enmascarada. Por desconocimiento de la Muerte, se muere en esos ambientes de placer extremo: la Muerte es escamoteada. Se muere de aburrimiento en esos ambientes de Muerte muerta. Pierrot, el empolvado, hace morir a su Colombina haciéndole cosquillas en los pies. Aplausos de manos de huesos. Organización colectiva de un desesperado evitamiento.
Quizás esa sea la tentación: dejar deslizar, en el cansancio, todas esas aparentes fantasmagorías. Todo es tan fácil en el mundo; el hombre nunca ha sido un cerdo. Circe está ahí para disolver su memoria; solo Ulises, en su soledad, puede pretender haber recorrido el Hades. Nadie le cree. La racionalidad está en su contra, contra toda elucidación, porque eso perturba el orden establecido. No tiene nada que demostrar, nada que mostrar. Está condenado a una curiosa atopía. La tentación no es una intencionalidad sutil; es estructural, inscripta en los hechos, bien establecida en la arquitectura del sentido común, muy tradicional.
Cohortes de letrados vienen a tejerle guirnaldas, escribiendo sus grimorios, ingenuamente, sobre pergaminos de hombres; millones de hombres transformados en papel y jabón, por comodidad, porque así es más simple, más práctico. Porque tenemos prisa, hay que ir rápido, directo al grano, sin distraerse en los detalles. La autopista, o la condena a muerte de Dédalo. Dédalo es declarado culpable; solo puede vivir en la clandestinidad.
¡Dédalo, nuestro patrón, ojalá puedas preservarnos algún laberinto secreto! Para que podamos perdernos en él con la esperanza de un encuentro.
Torbellinos y tempestades. Eros y Tánatos: Está ahí Ananké, que nos los concede, que nos los inflige. No forcluir ese lugar de calma, ese lugar de reposo, ese lugar de combate silencioso entre la Armonía y la Discordia, para que no se abata sobre nosotros la Tempestad Universal: Dresde, Hiroshima, y cuántas más.
Penetrar en ese lugar es el resultado de una elección política. El inconsciente se ha convertido en una opción política: la Tecnología y el conductismo, son asunto de gobierno contra el psicoanálisis. Freud, mil veces quemado por sus propias tropas, corre el riesgo de ser atomizado por una psicotecnocracia en ascenso.
Pero todo esto no es más que imagen, imagen contra imagen, espejo cerrado de la refutación. Pomposidad, farsa. Nada puede escribirse que no esté ya allí como pura diferencia, pero no fortuita, diferencia estructurada, tabulada. La Muerte nos despierta a esta tablatura. La discordia (neikos), el Odio, introduce la diferencia en lo Mismo: nos devuelve “eso” como algo a leer. Variaciones sobre Empédocles, tan querido por Freud. Cipris, el deseo, solo existe por Eris, la disputa. Y Freud, contrariamente a Empédocles, afirma que la destrucción está en el centro del Amor.
Pero todo esto no puedo vivirlo —es decir, escribirlo o decirlo— sino por la única diferencia que yo (no) soy. Solo puedo aprehenderme por una fisión: división por la intrusión de una negatividad, de un (-1). Y la palabra hace cuerpo con esta operación; es, por esencia, Spaltung. Ni Ser, ni Haber, sino la juntura vacía marcada por la pura diferencia; operación silenciosa de una ejecución de la significancia, por el trazo que yo trazo; sacrificio renovado del Dios de la significación, trazo unario que inaugura el encuentro con el Otro, el Todo Otro cuyo deseo me hace otro, vectorizando mi singularidad en un espacio polisémico, superficie de sentido que solo aparece como tal por lo que no es, su pura exterioridad, un punto del campo del deseo del Otro. No soy más que por la exterioridad más íntima del Otro. La primera inscripción (los Wahrnehmungszeichen del sistema ψ de Freud) es lo que queda de a-significancia de una significación; captura, asesinato, tiempo mítico de la pulsión de muerte, depósito de una diferencia, primer significante, núcleo de la represión primordial, núcleo de la estructura.
La cólera, la crueldad, la angustia, la desesperación no son más que falsos semblantes, ilusionismos. Estas tonalidades, estos colores, no son más que armónicos, modos de resolución existenciales del “aparecer”. ¿Cómo establecer la justa medida entre la complacencia y lo imposible? Sin embargo, el aparecer no debe considerarse como manifestación del ser. Es primero en su ya demasiado tardía “declosión” (Unverborgenheit); lo escrito, o el decir, son la inauguración de lo que nunca ha sido, siendo el Inconsciente solo el soporte lógico de esta operación decisiva cuyo presente está siempre marcado por un blanco, separando el futuro del futuro anterior. El sujeto ex-siste ahí, en esa escisión primordial, castración, acceso a lo simbólico, asesinato del carnero, del padre, de la naturaleza.
Ensoñaciones, nostalgias estéticas, se derrumban, se disuelven; los castillos en el aire dan paso a verdaderos castillos de naipes, naipes cifrados, arcanos precarios sobre los que construimos — ¿qué otra cosa podríamos hacer? — nuestra existencia. Nuestra existencia cuyos días están contados como las cartas del juego, contados por la clepsidra de la Muerte, pero en el orden de los números: los números, que son todo lo Real. Esta arquitectónica que, en su aparente fantasía, organiza el encuentro del Real y de la Muerte, juego de los números: eso es el Barroco, en su magnificencia y en su modestia oculta, estilo de todos los tiempos, categoría encarnada, eón neoplatónico como sugiere Eugenio d'Ors. Es este Eón, este “ángel”, categoría impersonal que preside nuestros movimientos. Somos sus esclavos, marcados para siempre, y por ello ofrecidos al goce; sacrificados por la Muerte cuando reabre los ojos luego de su minuto de ausencia. Solo vivimos el tiempo de un pasaje entre dos Muertes y este tiempo solo está marcado por nuestra “escritura”, nuestro decir: no la Eternidad ganada, sino la “zona franca” donde el tiempo desaparece, donde aflora lo imborrable, lo atemporal, lo siempre tan nuevo, el deseo. No puede aflorar sino en este espacio cortado, hendido, ahondado en el vacío mismo. Espacio del Bunraku, voces separadas, miradas múltiples, marionetas de la existencia; el vacío se encarna en la negatividad, en la interrupción que preserva el sentido, evitando los escollos de una teología apofática.
La pulsión de Muerte es, pues, un mito: y ahí reside su verdad. No tenemos de ella más que representantes. La castración, marca existencial de la pérdida del objeto: corte que no puede ser subjetivado más que por la categoría del salto, del arrojo (ob-jeto, su-jeto), solo se especifica por aquello que queda como testigo no simbolizable: el objeto a (según la terminología de Lacan). Ese objeto a, que no participa ni del Ente ni del ser, es por lo cual el sujeto se manifiesta: deviene el agente de un proceso, implicando, en el ciclo repetitivo de la Demanda, la culminación inconsciente del deseo. Es con él con lo que tenemos que lidiar en nuestra retirada; ¿acaso no viene a marcar, en una especie de pulsación rítmica, esta cualidad que Freud cree encontrar a propósito del “Problema económico del masoquismo”? Ritmos vitales, cadencias, que se organizan en una especie de chora: espacio, “otra escena”, pura creación del ritmo, suelo del Eros, límite extremo a partir del cual se escribirá la historia. ¿Estamos allí en posición de representante de la pulsión de Muerte?
Ridícula y delirante pretensión: nuestro propio deseo hace que permanezcamos allí, guardianes de no sé qué razón que hace que los otros estén allí. La locura no entra en esa zona; a menos que ya esté allí, pero indiferenciada.
Sucede que podemos hablarnos, o decirnos sin hablar, sin que nada se diga. Locos o no, estamos “ahí”, fuera de categoría, fuera de sentido. Respeto al Otro en el instante de su dispersión, y de su recuperación para siempre mutilada; abertura donde toda moneda se convierte en tésera, desgastada, irreconocible, perdiendo la “equivalencia”, para quedar solo como objeto único, objeto unario, inintercambiable. Sucede que nos encontramos allí. Allí donde “es gibt”, donde se encuentra el “él”, el “es”, de un encuentro (tugkanon) en el Otro, cuando el Otro, lugar de la palabra, desaparece, barrado, en el olvido. Es en el olvido donde se encarna la esperanza de nada: el testigo impasible, impotente, el “sujeto” de todo este asunto. El Infierno blanco, sin muecas, sin rostros, sin garras; lugar sin forro, sin imagen; intersección de sí consigo mismo, “eso”, “él”. La transferencia, el amor nos alejan de ahí. El deseo nos acerca, el deseo ahuecado de vacío, amasado por la falta, atravesando la angustia por castración del Otro, recortando la asimetría en una superficie invisible: ¿trascendencia? ¿absoluto? El esquizofrénico: asimétrico fijado en una trascendencia, ajeno a toda verdad, se atraviesa a sí mismo en una repetición cuasi-infinita. Perdido detrás de —para nosotros— el muro del lenguaje, traza círculos estériles; magia de la impotencia, autofascinación, captura: el “decir” en estado puro. “No hay más hechos que hechos de discurso” (Lacan). No hay hechos más que del decir; el cuerpo, el cuerpo del decir antes de que se conmueva -y se pierda- en lo “dicho”. Lo “preverbal” no es más que un mito imbécil, ridículo, ineficaz, es una desviación, una apropiación tramposa por parte de la jerarquía del “Buen” sentido. El loco alcanza mi semblanza en su raíz: es mi semejante por el ejercicio, en estado puro, de la semblanza. La locura, o la pérdida radical de la Ilusión. El proceso psicótico no es más que un procedimiento fallido, un análisis al revés, una coalescencia del fantasma y de la pulsión, un autoerotismo desesperado, una falta de sí a sí que no termina.
Aquí estamos en la vida cotidiana. Entusiasmos, monotonía, estereotipias, cansancio: espesor humoral, atmósfera pesada o diáfana, encuentros fallidos. Somos como topos, con visión débil, con oídos ensordecidos. Cada uno hace su pequeño trabajo institucional; cada uno cava su camino, impulsado por fuerzas oscuras, en un contexto macizo cuyo infinito no es más que un error de perspectiva. Horizonte amojonado por cuerpos, por cosas y por el nivel limitado de nuestra existencia. No iremos más allá de donde estamos. Lejos de mejorar por estar en grupo, todo esto se reduce aún más. La pulsión de Muerte domina estos conjuntos, uniformización, jerarquías pesadas, inmutabilidad, entramado de plataformas, escudos tranquilizadores. Cada uno funciona en su dominio, amarrando a sus semejantes en territorios impermeables. Eros es dominado por el Amo, programado, calculado, deslizándose en casillas inmemoriales, saboreando sus modestos goces en lechos de Procusto. Nos agitamos, sometidos a las ideologías variables, cómplices de una represión tranquila, apoyados en muros de papel, enhebrando las perlas de la retórica y de la verdad. Aunque algunos marginales escupan en nuestros platos, no nos molesta mucho; están ahí para tranquilizarnos sobre la justeza de nuestros límites, agentes secretos del Poder del que somos servidores. Este es nuestro universo, donde la locura está forcluida. Cultura de fantasmas estandarizados, complementariedades prescritas que se ensamblan, fortalezas familiares, escolares o médicas, el inconsciente está disciplinado, puesto en la grilla del tiempo, aniquilado. El inconsciente no existe aquí; no tiene cabida. Ningún lugar está prescrito para él. Cualquier teorización está destinada a desaparecer si permanece encerrada en este universo.
Pero en ciertos momentos de la Historia, algunos gritos desgarran esta quietud. Gritos que son Demandas, gritos que vienen de otra parte, gritos errantes, gritos perdidos. La psicosis, cuando se manifiesta, es clástica: rompe los marcos, las ventanas; pisotea los jardines de la cultura, se atrinchera en los entre-dos, en los no-lugares, plantea preguntas absurdas que hacen salir nuestro deseo de su adormecimiento, enciende fantasmas que nos arroja a la cara: la pulsión está ahí, a flor de piel, cubierta de un encaje frágil, desenmascarando la impostura de nuestra posición. Es ahí donde interviene la elección, la decisión, la Ética, decisión imposible porque está alienada, tanto en la política como en el lenguaje. El “decir” está en efervescencia y nos enfrentamos a esta angustia: sin recursos (Hilflosigkeit), insoluble.
Es una pasión ética la que nos hace permanecer en este espacio: el espacio de acogida de una lejanía, de un imposible. Esta acogida de lo inaparente, de lo aún no dicho, pone en cuestión nuestra base, nuestra comodidad. Especie de Mímesis que se deshilacha, se ramifica en zonas precarias; andamiajes frágiles, miradores de cartón, que jalonan senderos, claros: lugares insólitos hechos de comas y contrapuntos. Estos lugares deben descifrarse en su propia desgarradura: frases truncas, amontonamientos de sintagmas rotos, fantasmas frágiles. La única moneda que el psicótico utiliza, a menos que un soplo organizacional disperse al viento esas frágiles construcciones. “Organismos de cuidados”, atestados de tecnología: verdaderos desiertos áridos donde se muere en toda inocencia. La Muerte es la gran organizadora; no tolera el claroscuro, lo inacabado. Extiende su gran lampazo sobre las frases balbuceantes: la blancura de los huesos, la arena eterna. Es en este nivel donde el abordaje de la psicosis requiere una lucha política constante. La desatención, el error de apreciación estratégica, son mortales. Somos llevados a operar en esta superficie de estructuras disipativas, narcisismo originario, pre-especular, donde el principio del placer se entrecruza con la pulsión destructiva. Eros regresado de los infiernos, aún mareado por el vértigo del caos: punto gris, “no dimensional, perdido entre las dimensiones”, como dice Paul Klee; en la noche del concepto, el concepto es “el secreto creador de su nacimiento”; y es por el Ritmo “que se opera el pasaje del caos al orden” (Maldiney). Así, en esta dialéctica imposible entre Discordia y Armonía, se dibujan lugares de emergencia, que no tienen existencia sino en su multiplicidad; lugares diferenciales de una tablatura secreta, chora que hay que preservar contra todo imperialismo.
La Psicosis, la Institución, la Muerte: encuentro inevitable de tres cartas fundamentales con las que hay que aprender a jugar. La regla del juego no es el Amor sino el Deseo. El acto terapéutico no es un acto de Amor; es un acto diacrítico que impide la coalescencia de la Muerte, de la Madre y del Deseo. La psicosis pone a prueba el deseo: quiere poner a prueba el poder “separador” de aquel que se acerca, que se inclina sobre ella, todavía enredado en convenciones alienadas. Lacan lo subraya una y otra vez: no te demando esto o aquello, sino que te pido esto o aquello para que tu deseo se diga. Solo este punto del deseo, esta apertura siempre fugitiva que puede salvarme de mi pena, de mi deriva. Es este punto de ebullición, este punto de nacimiento del deseo en la discordia, lo que puede cristalizar el fantasma, tejerlo a partir de nada, en una anulación radical de los contratos de significación, en una pasión desmesurada por lo inútil, por lo no monetizable.
Albert entra al salón, completamente desnudo; camina dignamente, seguro de sí mismo, observando a sus correligionarios de una manera exquisita pero sin réplica. Albert es nuestro embajador. Ha vencido a la muerte; por su propia suficiencia, sus ropas están dispersas en los cuatro rincones del cielo, su mundo es un escenario construido en un dos por tres, un escenario fugaz, efímero, un fantasma transparente, una frase fragmentada. Apenas el “instante de ver” y “Bing”, como dice Beckett, es ahí donde debemos reunirnos con él para regocijarnos con su encuentro: estar ahí, en el mismo instante, disponibles, vigilantes, vivos.
Los derechos les pertenecen a lxs autores, el pasaje de lengua tiene licencia copyleft, haga lo que quiera, cite la fuente y use la misma licencia CC BY-SA 4.0