Fragmentos - parte 2 - Il, Donc

Jean Oury

I. Saumery

Del Primer Tiempo

Llegué una mañana a Blois, en tren. No me acuerdo bien cómo llegué a Saumery; está a la misma distancia de Blois que La Borde: 12-13 km más o menos. No conocía esa región. Tuve una impresión curiosa: fui a pasear sobre la orilla del Loire, y vi todas esas casas, en la otra orilla: esas fachadas me parecían un decorado de teatro…

Y luego fui a ese castillo del siglo XVII. Estaba el parque, no muy bien mantenido, y una pileta podrida. Supe luego que esa pileta había sido construida por los laboratorios Roussel —porque antes de que sea una clínica, esa propiedad pertenecía a los laboratorios Roussel. Se dice que allí fue preparado el primer suero hematopoyético. Yo ví al caballo del suero hematopoyético, Bijou; tenía 32 años, todavía tiraba una especie de pequeño arado.

En fin, cuando llegué, Solanes y Renard —eran muy simpáticos— estaban muy contentos de recibir a un tipo que venía de Saint-Alban, del equipo de Tosquelles… Me dijeron —me asombró en aquel momento y todavía me asombra— que ellos no escribían. En las historias clínicas, había quizás una línea, sobre un pedacito de papel, escrita a máquina. Entonces dije: "Vaya, ustedes no hacen historias clínicas". Eso me escandalizó. Es necesario decir que solo había doce enfermos: entonces era fácil conocerlos; sobre todo algunos que eran crónicos y que vivían ahí desde hacía mucho tiempo. Les dije: "Bueno, vamos a ver, vamos a probar, vendré un mes…". Volví algunos días a Saint-Alban y me instalé en Saumery a inicios de octubre del '47. Podemos decir que estoy ahí todavía…

Quería acercarme a París porque estaba harto (no me gusta el campo). Quería comenzar un análisis con Lacan, pero me di cuenta de que en Saumery estaba mucho más encerrado que en Saint-Alban.

Era completamente pobre, extremadamente mal pagado, incluso para comprarme una bici para ir a Blois y tomar el tren una vez cada seis meses. Yo todavía no era médico; no había terminado la carrera. Firmaba las recetas, los certificados en el dispensario: "Jean Oury, Asistente… no sé qué" —"en nombre del Dr. Renard"—. Eso duró un año. Fue necesario que rindiera mis materias y que hiciera la tesis por razones urgentes. Escribí mi tesis en diez días…

Estaba el gran salón, el despacho médico… mi despacho, enorme, una mesa inmensa, alrededor de una biblioteca, como en los castillos, con los enrejados. Me acuerdo de los enrejados por una dama que tenía una neurosis obsesiva de larga data. La había tomado en psicoterapia todos los días. Eso andaba bien. Yo había adelgazado unos kilos y eso la había puesto en un estado tal que una vez se había colgado de las rejas y las había arrancado, como una mona que trepa por las lianas. Ella decía: "Háganme electroshocks, háganme una lobotomía, pero ¡no más psicoterapia!". ¡Me pregunto cuál es el método más agresivo! Más allá de que eso hubiera andado bien, era una neurosis obsesiva que ¡duró cuarenta años! Ella había llegado a vagabundear en las calles de Tours…

Y también había eso que se llamaba el gran salón, enorme, con empapelados, cosas viejas, boiserie, sillones, divanes más o menos sólidos, grandes mesas. Los enfermos charlaban, jugaban a las cartas, cosían. Parece que, en ese gran salón, en el siglo XVIII, en tiempos de Mauricio de Sajonia, hubo un asesinato; no sé quién traspasó a quién. Saumery era el nido de Chambord… había fantasmas ilustres. Desde que la corte venía a Chambord, en el invierno se les helaba el culo y en verano estaba lleno de mosquitos. Chambord no estaba calefaccionado, había agua por todos lados; entonces se iban a refugiar a Saumery… Los pasillos eran extraordinarios; había rincones, habitaciones pequeñas, piezas grandes. Tenía dos pisos; había que subir las escaleras que giraban y se podía ir fácilmente al techo. Fue así que una enferma que se creía Juana de Arco fue hacia el techo y fue preciso correr, ella volvió a bajar rápidamente. ¡era alegre!

Era completamente pobre, extremadamente mal pagado. Tenía que rebuscármela, estar ahí, día y noche. No era el tiempo completo de los médicos de hoy, de nueve medias jornadas por semana. Ahí era siete días sobre siete, día y noche.

Esta formación de rebuscársela, sin retaguardia, frente a frente con lo que se presenta, es lo mejor.

Durante el verano de 1950, aprendí a andar en moto, rápidamente, en una vieja moto… Me fui de París con esa moto vieja, y llegando a Blois me di cuenta de que había que embragar. Estaba rendido, eso me asombraba, me había subido y había venido así. Me acuerdo esa cruzada de Sologne, era desértica, por la noche había un ruido que me hacía pensar en los Nibelungos. Algunas veces, cuando yo llegaba en el invierno a Saumery con diez grados bajo cero, estaba duro como una tabla, me hacía falta media hora para calentarme.

II. Lulu

Del Primer Tiempo

No obstante, tenía mucho más tiempo que en La Borde. Fue ahí que leí muchas cosas; discutíamos a la noche. Había elaboraciones teóricas que no escribíamos. Pero hay acontecimientos que pueden parecer mitos. Habría que hacer un libro entero sobre la historia del pequeño Lulu.

Uno de los acontecimientos más bizarros fue haber vivido con ese chico que, luego de una encefalitis a la edad de 9 años, hizo una especie de degeneración, de atrofia cerebral progresiva, y murió durante los primeros meses de nuestra llegada a La Borde. Había estado con nosotros durante casi un año. Su historia marcó a todo el mundo; tenía un lenguaje esquizofásico muy característico del cual algunos giros fueron vehiculizados por las personas de pasaje. Hablábamos "Lulu".

Es algo que no se encuentra en La Borde con esta intensidad. Eso demandaba una atención extraordinaria. Es la marca de una cualidad, de una intensidad de relaciones singulares, que intenté sostener durante algún tiempo aún en La Borde. Cuando los "invasores" llegaron a La Borde, por más gentiles que fueran, les faltaba lo esencial, algo que está unido a los pies o a la punta de los dedos y que permite dirigirse al otro… Eso había en Saumery. Las personas que venían lo sabían bien…

La Borde fue mucho más "visible". En Saumery, sólo era un empleado, no tenía el poder. Empleado por la administración de Saumery, por los propietarios, era diferente. La Borde es otra cosa.

Hay que situar las edades. Cuando llegué a Saumery tenía 25 años y cuando trasladé todo a La Borde en 1953, tenía 29. Eso puede contribuir a atraer a las personas: "vamos a ver…".

En donde yo esté siempre me enojo, ese quizás es el problema. Si tuviese el recuerdo de mis primeras 24 hs, ya debo haber estado embolado. Me embolé en Saint-Alban, en Saumery y aún más en La Borde. Jamás tuve un proyecto.

III. La Piel de la espalda

Del Primer Tiempo — La fundación de La Borde

Sin entrar en detalles, había problemas de funcionamiento, un cierto desacuerdo. En noviembre de 1952, a propósito de problemas materiales, yo quería un hangar, que las caballerizas estuvieran acondicionadas para hacer talleres, para hacer, en fin, un poco de psicoterapia institucional. Vi a R.L. para decirle que, si en seis meses no habíamos cambiado algo, arreglado las piezas, etc., me iría, apostando a la importancia que eso representaba para animar Saumery y pensando que no me tomaría al pie de la letra. Había firmado un papel para complicar el asunto. Y seis meses después, en febrero, recibí una comunicación indicándome que el plazo vencía y que me tenía que ir.

Fui a ver a mi sucesor, que era anatomopatólogo en Sainte-Anne, con Zenner, un sábado de febrero. Solicité verlo: nos miró por encima del hombro, negándose a hacernos pasar a su despacho.

El médico en cuestión vino a verme el 8 de marzo. Quise hablarle de los casos, de los enfermos que quedaban. Comenzó a alardear, diciéndome que no tenía necesidad de mis historias clínicas, que no me conocía… Fue en ese momento que hice mi pasaje al acto: "¿Usted no me conoce? ¡Me va a conocer de inmediato!". Lo agarré de los hombros y lo tiré afuera, por las escaleras. Se sentó sobre un banco a la siesta y después se fue. Le dije a R.L. que viniera a hacerse cargo de Saumery ocho días más tarde y le precisé que cuando viniese mi reemplazo no habría nadie. En efecto, cuando vino ocho días después no había más que siete u ocho viejas enfermas, una de ellas incluso vino luego a La Borde. El grueso del equipo vino conmigo.

Preví al Colegio Médico alrededor del 10 de marzo diciendo oficialmente que dejaba toda responsabilidad médica. De los cuarenta enfermos, sólo dejaba ocho. Los cuidaría en otro lugar con la autorización del Colegio Médico. Busqué un hotel en Saint-Dyé y un obstetra nos prestó la planta baja de su clínica, sobre los muelles del río Loire, para continuar. Alquilé igualmente una pieza en Blois para continuar con las consultas externas, y durante ese tiempo se preparaba ya una división del equipo de base.

Encontramos La Borde hacia mitad de marzo y entramos, sin dinero, el 3 de abril de 1953.

IV. Precario, Serio, Humor

Del Segundo Tiempo

B.: Lo que no parecía destacado y remarcable en lo que fue dicho ayer, tanto como en lo que podemos conocer de su práctica… es la práctica de lo serio.

O.: La práctica de lo serio… (silencio)

L.: O lo serio de la práctica…

O.: No sé si hay que poner el poder ahí. No obstante, podríamos retomar el problema de lo serio. Sería necesario que precisaras un poco lo que entiendes por lo serio. Digo a menudo que una de las categorías importantes para poder funcionar en esta dimensión práctica es el humor. No es contradictorio con lo serio. Es necesario intentar articular eso.

Hay muchas categorías que aparentemente son contradictorias, pero que aparecen en una dimensión de historia o de historicidad.

…lo serio, hay palabras así —lo serio, el humor, y luego otra, si podemos hablar así de esas palabras fundamentales— Grundwort dice Schotte: la palabra precario.

Precario — Serio — Humor. Eso me hace pensar en una reflexión de Lacan, en el seminario sobre la angustia en el '62-63. Él intentaba plantear las categorías del pensamiento, entonces decía: en Heidegger lo que domina es la inquietud —Sorge—, en Sartre es más bien del orden de la espera. Pero para Lacan no era ni la inquietud, ni la espera, sino lo serio. Es curioso que yo haya pensado en eso… lo serio… ¿no sabías? (Risas)

Precario yo lo decía desde hacía mucho tiempo, con el juego de palabras, precario, pre-cariedad, la caridad; luego aprendí, y no hace mucho tiempo, que era la palabra fundamental de Freud. ¡Ya ven! Como la flor de alcaucil. (Silencio)

Eso aparece en lo que decía ayer por la noche de una manera un poco tonta y anecdótica: en mis altercados en Saint-Alban con el contador. Yo le decía: a mí no me importa, yo soy un ave de paso. Era el período '46-47. Se podía tener ideas de fin del mundo. A menudo decía, por antífrasis, para evitar una estabilidad de cemento, una inestabilidad cero, que vivía como si fuera a vivir cinco mil años, pero que estaba listo para hacer mi valija esa misma noche. Era un poco pretencioso. Una especie de blasón juvenil para Saint-Alban. Lo serio, lo precario, es un poco la misma cosa; digamos que lo serio multiplicado por lo precario da igual a humor.

B.: ¿Es un poco la dimensión de la ironía en Kierkegaard?

O.: Precisamente es distinto. Pensaba en eso. Ésta es la distinción de Kierkegaard entre humor e ironía. El humor es, en la dimensión de Kierkegaard, una especie de bisagra entre la ética y lo religioso. En cambio, la ironía es socrática, es la articulación entre estética y ética. Siempre hay una terrible agresión en la ironía; el humor es otra cosa. Siempre hay una doble articulación en la posición del humor que corresponde, en la práctica, a algo. Por ejemplo, en una relación cotidiana, especialmente en la psicosis, siempre hay un doble fondo. Solo hay que institucionalizar eso. Este aspecto es el más difícil de transmitir, de hacer respetar en la práctica colectiva.

Hay gente, médicos, monitores. Difícil cristalizar una estructura. Siempre digo: hay grupos pequeños, si no se les presta atención, se convierten en pequeñas ciudadelas, y en ese momento se vuelven repugnantes; el pequeño grupo tiene su presupuesto, tiene sus asuntos, hace su pequeña autogestión y en ese momento está jodido, es como una meningitis compartimentada; es como si la precariedad se redujera a cero.

L.: ¿Coeficiente de precariedad?

O.: Sí, podríamos hablar de eso. Esto encaja con las reflexiones más "tradicionales" de Daumezon en 1950, cuando hablaba de las reuniones y los talleres. Él decía que tan pronto como un taller funciona bien, debe cerrarse; si no hay más novedad, ni conflictos, es inútil. Hacer comprender esto a los usuarios y a la administración no es fácil. "Siempre quieren generar conflicto, que nada funcione". Es otra dimensión la que está en juego.

No importa a dónde vaya, tengo una posición.

B.: ¿Eso es la ética?

O.: Sí, es una dimensión ética. Digo que todo lo que hacemos es ética. Lo digo en mi artículo sobre los clubes, finalmente, si no estamos bien ajustados en una ética eso crea catástrofes, prejuicios, cosas que ni siquiera están explícitas.