Fragmentos Il, Donc

Jean Oury

(...) La mejor didáctica, para los recién llegados, era ocuparse de la insulina junto a nosotros. Era una época muy interesante y llegábamos a curar gente mucho más rápido que ahora; no había neurolépticos; principalmente, había menos prejuicios, menos falsos intelectuales.

Es cierto que hay casos en que se puede curar a la gente con neurolépticos; los medicamentos actuales pueden evitar curas de insulina, pero para casos muy serios… con la insulina, se cubría toda la jornada. La hicimos en el inicio de La Borde, cuando la gente trabajaba. Había ahí una formación completa en el conocimiento de la psicosis, del cuerpo. Saber distinguir las diferentes fases de los comas, qué hacer cuando la tensión oscila, etc. También era importante adquirir colectivamente una cierta noción de ritmo, conocer intuitivamente cuál ritmo es necesario para alguien, como el ritmo de las sesiones, de las consultas. En la insulina vemos bien que hay un ritmo a respetar, en fin, estaba estructurado.

Ahora tenemos la impresión de caminar frecuentemente en la miseria. Cuando un enfermo muy grave llegaba y estaba en cura de insulina, podíamos prever cuando iba a estar mejor, y qué haríamos; casi podíamos determinar la duración de la estadía. No era adivinación, simplemente las personas no estaban distraídas en otra cosa, como la mayoría de la gente hoy en día. Era, digamos, el campamento de base que, en 1953, en el momento en que decidí dejar Saumery y vaciarla, siguió el movimiento. Cuando reduje el número de enfermos de cuarenta a ocho y los puse en otra parte, cuando buscamos La Borde, toda esa banda acompañó. Cuando encontramos La Borde al cabo de tres semanas, ellos continuaron trabajando, simplemente habían cambiado de lugar.

(...) Cuando vemos venir gente que tiene una mínima experiencia con algunos neuróticos que vienen a llenar su billetera; permitirse hablar de psicosis, de psiquiatría, tirando un montón de moral en la cara; yo les contesto que, si no se interviene, se es cómplice. Complicidad en la inacción. Se deja reventar a la gente. Bien podrían decir: eres un socorrista, sería mejor si fueras bombero. Pues ¡por qué no! Muchas veces la psiquiatría es eso. El intervencionismo, no dejar de hacer. Entonces se dice: no es analítico. Pero puede ser muy analítico; es precisamente por esto que las personas que han reflexionado un poco sobre el análisis de la psicosis explican que no existe una medida común entre las técnicas de análisis de la psicosis y las técnicas de análisis de las neurosis. Debemos sacrificar material, como diría Pankow, no permitirnos ensoñaciones, retener cosas específicas y, a partir de ahí, volver a tejer algo e intervenir a menudo de forma activa. Esto no significa que haya que hacer como Ferenczi y Compañía. Debemos intervenir activa y estructuralmente. No estar en una atención flotante al borde de un semi-coma. Hay una vigilancia que no se puede ejercer más que si le definimos ciertos lugares de acción. Los lugares donde algo pasa. No se trata de estar activos con los psicóticos simplemente llevándolos a jugar al fútbol. Estar activo es actuar a nivel de donde haya una dificultad para volver a pegar algo.

En el primer tiempo, cuando alguien llegaba, asistía a todos los tratamientos posibles, para despabilarlo, para no escuchar tonterías como las que escuchamos ahora de parte de estos falsos psiquiatras, estos falsos psicólogos que llegan y que gritan fuerte cuando hablamos de electroshocks o curas con insulina sin saber de qué se trata. Rápidamente se despabilaban y no eran gritos de horror, era una especie de golpe. Ellos eran quienes tenían el shock, los desestabilizaba instantáneamente, les daba acceso a una dimensión: el cuerpo, el delirio, la reconstrucción, la importancia de las dosis, de los medicamentos, de qué se hace, de la atención… Todo este aspecto que no es maternaje sino vigilancia a nivel de una reconstrucción de la personalidad.

Nunca funcionó tan bien como entonces. Había tanta atención, que la insulina, más el ambiente, hacía que estuviese casi convencido de que se trataba de curas absolutas: tres meses y la gente se curaba. Después nos desengañamos porque ya no se hacía de la misma manera.

(...) En el sistema actual, cada vez más -y esto se extiende mucho más allá de la psiquiatría- en este sistema de civilización arruinada, el malestar o la desgracia de la civilización (parece que ese fue el término que Freud había elegido primero: desgracia, y luego no se atrevió y puso malestar), cada uno se las arregla lo mejor que puede para mantener el equilibrio, parchando: su familia, sus muletas, en fin, cualquier cosa. Mientras eso aguante, no hay que hurgar demasiado allí, hay que poner unos palitos si se cae algo.

No hay que estar loco para eso. Pero sobre el plano de las psicosis es aún peor.

Sería paradójico que este sistema, que es normal -que permite sostenerse con palitos, trozos de cuerda- devenga, en cuanto uno está loco, en algo sencillo, claro. Es parecido. Hay que dar la vuelta. ¿Hay que tocar allí, no tocar, respetar el equilibrio? Los tipos que tienen una enorme experiencia en el psicoanálisis como Glover, por ejemplo, insisten mucho en esto: “Oh, eso, no debes tocarlo, no es analizable”.

Los casos analizables son raros. Esto no es en absoluto hablar mal del análisis, al contrario. Lo más extraordinario es ver que el análisis, ahora, es como si fuera… tomar una taza de café.